Rueda de Mictlán presenta el destino en Play’n GO


Play’n GO rev­ela la Rue­da de Mict­lan, una his­to­ria ambi­en­ta­da en un tem­p­lo donde una antigua rue­da de piedra gira, los guardianes se agi­tan y Mict­lante­cuhtli obser­va con una son­risa.

En lo pro­fun­do de la sel­va, las ruinas no duer­men. Una pesa­da rue­da de piedra tal­la­da chirría al moverse, y la risa reb­o­ta entre pare­des cubier­tas de mus­go mien­tras las caras de los guardianes parpadean des­per­tan­do, ansiosos por el próx­i­mo pre­sa­gio. En el cen­tro de todo se encuen­tra Mict­lante­cuhtli, el señor azteca del infra­mun­do, dom­i­nan­do la esce­na como un anfitrión que ya sabe cómo ter­mi­na esto.

La Rue­da de Mict­lan se incli­na hacia el espec­tácu­lo y la inqui­etud: verdes cáli­dos y dora­dos des­gas­ta­dos enmar­can el tem­p­lo como si las mis­mas ruinas fuer­an con­stru­idas alrede­dor de los tam­bores, mien­tras que estat­uas miran fija­mente des­de los sím­bo­los con la pacien­cia de algo antiguo y malévo­lo. La rue­da es el lati­do del corazón de la his­to­ria, un dis­pos­i­ti­vo rit­u­al que habla para que el dios de la muerte no ten­ga que hac­er­lo. No es pro­fecía y no es con­sue­lo – es un mecan­is­mo vivo, invi­tan­do a los jugadores a obser­var cómo el des­ti­no elige su sigu­iente direc­ción.

El últi­mo lan­za­mien­to de Play’n GO está dis­eña­do para man­ten­er el enfoque en la atmós­fera y el carác­ter, con un lengua­je visu­al extraí­do de más­caras tal­ladas, tra­ba­jos en piedra y luz de sel­va. El resul­ta­do es un entorno empa­pa­do de mitología que se siente cer­e­mo­ni­al en lugar de dec­o­ra­ti­vo, un lugar donde parece que los graba­dos te escuchan.

Mag­nus Wal­lentin, Emba­jador de Jue­gos en Play’n GO, dijo: “Con la Rue­da de Mict­lan, queríamos que el tem­p­lo se sin­tiera pre­sente, no solo como un telón de fon­do, sino como un nar­rador de his­to­rias. La rue­da, los guardianes y Mict­lante­cuhtli tra­ba­jan jun­tos para con­stru­ir ten­sión, teatro y un mun­do que los jugadores no pueden igno­rar”.

Con un dios son­ri­ente en lo alto y una rue­da que nun­ca se expli­ca por sí mis­ma, la Rue­da de Mict­lan ofrece un encuen­tro agu­do y cen­tra­do en la his­to­ria, partes iguales de rit­u­al, trav­es­ura y con­se­cuen­cia inmi­nente.

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