República Dominicana ante el reto de regular un mercado cada vez más digital


En agos­to, la dis­cusión sobre la nue­va Ley Gen­er­al de Jue­gos de Azar en Repúbli­ca Domini­cana dejó de ser úni­ca­mente un debate sobre infor­mal­i­dad y fis­cal­ización. Con­forme avan­za el pro­ce­so leg­isla­ti­vo, ha surgi­do una cuestión más com­ple­ja para oper­adores e inver­sion­istas: qué autor­iza­ciones con­ser­varán val­or, qué pro­duc­tos podrán seguir operan­do y qué autori­dad ten­drá final­mente la fac­ul­tad de decidir­lo.

La con­tro­ver­sia entre la Aso­ciación Domini­cana de Ban­cas Deporti­vas (ADOBAD) y la Comisión Hípi­ca Nacional per­mite obser­var el prob­le­ma con may­or clar­i­dad. ADOBAD ha rec­haz­a­do la autor­ización de miles de agen­cias hípi­cas que com­er­cial­izan jue­gos vir­tuales basa­dos en car­reras pre­grabadas, par­tic­u­lar­mente cuan­do estas activi­dades se desar­rol­lan den­tro de establec­imien­tos que oper­an como ban­cas de lotería.

El gremio sostiene que la emisión de estas autor­iza­ciones debería cor­re­spon­der al Min­is­te­rio de Hacien­da y advierte que su expan­sión podría lle­var jue­gos elec­tróni­cos y vir­tuales hacia establec­imien­tos orig­i­nal­mente autor­iza­dos para otras activi­dades. Félix Ariel Espinal, pres­i­dente de ADOBAD, ha adver­tido sobre una posi­ble masi­fi­cación de este tipo de pro­duc­tos, mien­tras Fran­cis­co Pérez, direc­ti­vo de la aso­ciación, plantea que su pro­lif­eración podría ter­mi­nar cre­an­do lo que describe como “casi­nos dig­i­tales”.

La Comisión Hípi­ca rec­haza esa inter­pretación. De acuer­do con su ver­sión, ha otor­ga­do 29,100 licen­cias de aprox­i­mada­mente 60,000 solic­i­tudes recibidas y la may­oría cor­re­sponde a establec­imien­tos que ya cuen­tan con licen­cias del Min­is­te­rio de Hacien­da como ban­cas de lotería o deporti­vas. Tam­bién sostiene que tiene fac­ul­tades legales para autor­izar estas activi­dades y que los jue­gos hípi­cos vir­tuales están suje­tos a trib­utación sobre ven­tas bru­tas mon­i­tore­adas en tiem­po real.

Más allá de cuál de las dos inter­preta­ciones ter­mine prevale­cien­do, la con­tro­ver­sia plantea una pre­gun­ta que será cada vez más rel­e­vante para los reg­u­ladores: ¿en qué momen­to un establec­imien­to autor­iza­do para com­er­cializar deter­mi­na­dos jue­gos comien­za a desar­rol­lar una activi­dad difer­ente porque incor­po­ra nuevos pro­duc­tos dig­i­tales?

Durante décadas, las cat­e­gorías parecían rel­a­ti­va­mente fáciles de dis­tin­guir. Una ban­ca de lotería com­er­cial­iz­a­ba deter­mi­na­dos pro­duc­tos, una ban­ca deporti­va recibía apues­tas sobre even­tos deportivos y la activi­dad hípi­ca esta­ba vin­cu­la­da con car­reras. La tec­nología ha com­pli­ca­do esa división. Hoy dis­tin­tos pro­duc­tos pueden dis­tribuirse medi­ante ter­mi­nales elec­tróni­cas y ofre­cer al jugador expe­ri­en­cias sim­i­lares, aunque su fun­cionamien­to y nat­u­raleza reg­u­la­to­ria sean difer­entes.

Pre­cisa­mente por eso con­viene dis­tin­guir con­cep­tos. El simul­cast­ing per­mite apos­tar sobre car­reras reales trans­mi­ti­das des­de otros hipó­dro­mos. Los jue­gos vir­tuales pueden uti­lizar soft­ware para gener­ar even­tos, mien­tras otros pro­duc­tos pueden basarse en car­reras pre­vi­a­mente cel­e­bradas o alma­ce­nadas. El juego online incor­po­ra además el acce­so remo­to des­de dis­pos­i­tivos per­son­ales. Todos uti­lizan tec­nología, pero eso no sig­nifi­ca que nece­sari­a­mente pertenez­can a la mis­ma cat­e­goría reg­u­la­to­ria.

Esta dis­tin­ción tiene con­se­cuen­cias. La clasi­fi­cación de un pro­duc­to puede deter­mi­nar qué autori­dad lo super­visa, qué autor­ización requiere, qué están­dares téc­ni­cos debe cumplir y qué obliga­ciones fis­cales le cor­re­spon­den. Por ello, el debate domini­cano no se limi­ta a deter­mi­nar quién puede colo­car una ter­mi­nal en deter­mi­na­do establec­imien­to. Tam­bién obliga a definir qué activi­dad ocurre real­mente detrás de esa ter­mi­nal.

Aquí resul­ta útil el prin­ci­pio de neu­tral­i­dad tec­nológ­i­ca. El canal de dis­tribu­ción no debería ser el úni­co cri­te­rio para clasi­ficar un pro­duc­to. Tam­bién impor­tan la mecáni­ca del juego, la for­ma en que se deter­mi­na el resul­ta­do, la cer­ti­fi­cación tec­nológ­i­ca, el flu­jo del dinero y los ries­gos para el jugador. El acce­so remo­to, por ejem­p­lo, puede exi­gir con­troles de iden­ti­dad, traz­abil­i­dad y juego respon­s­able difer­entes de los aplic­a­bles a un pro­duc­to com­er­cial­iza­do exclu­si­va­mente den­tro de un establec­imien­to físi­co.

La nue­va Ley Gen­er­al de Jue­gos de Azar puede ofre­cer una opor­tu­nidad para resolver parte de esta frag­mentación medi­ante la creación de una Direc­ción Gen­er­al de Jue­gos de Azar que con­cen­tre fun­ciones reg­u­la­to­rias actual­mente dis­tribuidas entre difer­entes estruc­turas. Pero la nue­va autori­dad no recibirá un mer­ca­do que comien­za des­de cero. Recibirá establec­imien­tos, platafor­mas, pro­duc­tos y autor­iza­ciones desar­rol­la­dos durante años bajo difer­entes regímenes.

                    Rosa Ochoa

 

El reto es espe­cial­mente impor­tante porque Repúbli­ca Domini­cana ya cuen­ta des­de 2024 con un rég­i­men admin­is­tra­ti­vo especí­fi­co para los jue­gos de azar por inter­net. La nue­va leg­is­lación deberá inte­grar ese mar­co con apues­tas deporti­vas, pro­duc­tos hípi­cos y otras modal­i­dades desar­rol­ladas bajo estruc­turas difer­entes, sin asumir que todo lo que uti­liza tec­nología dig­i­tal pertenece automáti­ca­mente a una mis­ma cat­e­goría.

La ver­dadera prue­ba para Repúbli­ca Domini­cana no será deter­mi­nar sim­ple­mente qué grupo tiene razón en la con­tro­ver­sia actu­al. Será con­stru­ir un sis­tema capaz de iden­ti­ficar qué activi­dad existe detrás de cada autor­ización, qué con­troles requiere y bajo qué condi­ciones puede incor­po­rarse al nue­vo mer­ca­do.

Porque en una indus­tria donde la tec­nología evolu­ciona más rápi­do que las leyes, reg­u­lar el futuro tam­bién exige saber qué hac­er con las licen­cias del pasa­do.

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